¡Alto!

¡Alto!

Queridos lectores: ¿Listos para el relato de hoy? Debo confesarles que este cuento nació en una de mis mil caminatas en Ciudad Universaria, espero lo disfruten.

Rigoberto, desde el interior de su automóvil, observó la débil luz verde del semáforo a través de su parabrisas húmedo y, al contrario de los demás conductores, se detuvo, pues una voz le había dicho: «¡Alto!» y él había obedecido, como un fiel esclavo, el mejor.

Muchos coches le empezaron a pitar con su claxon, pero él no hizo caso a las quejas de esos molestos conductores. Cada quién tenía sus propias razones para hacer las cosas ¿no?

De repente, la luz verde cambio a la amarilla y él empezó a pisar el acelerador, ansioso porque la luz roja se adueñara de ese aparato.

Cuando lo hizo, sin importarle que estaba a punto de cruzar la avenida la concurrida de su pequeña ciudad, aceleró. Poniendo en riesgo su vida y la de los demás conductores.

Un sonido estruendoso lo hizo cerrar los ojos. El accidente ya había ocurrido y él deseaba que fuera lo suficientemente letal para matarlo y, así, poderse reunir con su pequeña Lucy.

Pero no, no murió. Sólo consiguió matar a dos personas que iban a bordo del carro que chocó con él mientras Rigoberto salió intacto.

¿Destino o maldición? Para él, la segunda pero para la chica que se quedó huérfana fue una bendición.

Anne Kayve

Imagen de littlepepper en Pixabay

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